sábado, 18 de octubre de 2008

LAS AMENAZAS DE MUSSOLINI

La historia oficial de la final del ’30 cuenta que varios jugadores argentinos fueron amenazados de muerte por hinchas uruguayos, y que por eso habrían perdido la final. No “yendo para atrás”, sino jugando condicionados, unos por miedo, otros por lesiones.
La “guerra psiclógica” existió y afectó a varios jugadores. Pero hay otra historia más fuerte detrás de esa. Una historia que fue publicada hace 60 años en las “Memorias de un agente fascista” de Marco Scaglia.
Scaglia, según confesaría en su bibliografía, fue junto a Luciano Benetti, el “autor material” de la amenza de muerte a Luis Monti y su familia. El “autor intelectual” no era otro que Benito Mussolini.
La tarde del 30 de julio se presentaba gris y fría. Era una de esas tardes de invierno húmedas que azotaban el paisaje del Río de la Plata. Pero a miles de kilómetros, en la capital italiana, el sol comenzaba a ponerse para dar paso al fresco de la noche y frenar un poco el calor agobiante que proponía el sol del verano europeo. Antes de comenzar la final, Il Duce recibía de manos de un colaborador una carpeta con un nombre, datos y una foto. El dossier decía: “Luis Monti. Futbolista argentino. Mediocampista, eje medio. El hombre fundamental del seleccionado de su país. Campeón argentino de 1921 jugando para Huracán y en 1923, 1925 y 1927 jugando para San Lorenzo de Almagro. Campeón Sudamericano en 1927 con el seleccionado argentino y subcameón olímpico en 1928. Vive en Buenos Aires, es una persona de mal carácter, pero se hacer respetar siempre. Es un líder nato. Puede ser tentado económicamente porque gana muy poco dinero del fútbol de su país, pese a ser un ídolo deportivo”.
-Espero que nuestros hombres hayan hecho un buen trabajo señores, dijo Mussolini. ¡Y lo espero porque éste es el hombre que nos tiene que hacer ganar el Campeonato Mundial de Fútbol dentro de cuatro años! #
Scaglia y Benetti, los agentes secretos italianos, tenían como misión hacerse pasar por fanáticos uruguayos y amenazar de muerte a Luis Monti. Y a toda su familia. Pero la mayor amenaza, la más enfática, era el punto débil del recio jugador. Su madre.
Si Argentina ganaba esa final, el mediocampista de San Lorenzo de Almagro sabía que podría morir. Pero lo que es peor, sabía que podían matar a su querida madre.
En el vestuario, cuando los jugadores argentinos se estaban cambiando, notaron que algo le pasaba a Monti. Sus manos temblaban cuando se ponía las medias. Y aunque trataba de disimular la situación, su rostro marcaba una preocupación mayor que las del resto del plantel; que también habían recibido amenazas en general, en aquella guerra psicológica que habían iniciado los uruguayos. Algunos fueron más afectados que otros, pero el que peor estaba era Monti, directamente no quería jugar esa final.
Del otro lado del Río, miles de argentinos reclamaban más barcos hacia Montevideo. Nadie se quería perderse el partido que, según decían, no sólo había que ganar, sino también humillar a los uruguayos “para que el mundo sepa quién manda en fútbol”. A través de los medios y los periodistas de Buenos Aires, que dicho sea de paso, también exigían la vicotria y la daban por descontada, los jugadores albicelestes conocían la presión. Encima desde el puerto seguían llegando argentinos sin entradas, que según contó el árbitro del partido John Langenus en su libro, “Silbando por el mundo”, dormían uno sobre otro en la cubierta del barco.
Langenus había viajado a Buenos Aires luego de las semifinales y se tuvo que volver pronto porque había sido designado para arbitrar la final. Fue testigo del gentío (estimó más de 100 mil personas) que esperaba en el puerto poder abordar un barco que los lleváse a Montevideo a ver campeón a su seleccionado.
Nuevamente en el vestuario argentino, sin que nadie entendiera el por qué, el técnico del seleccionado, Francisco Olázar, incluyó entre los titulares a Francisco Varallo. Un joven delantero de Gimnasia y Esgrima la Plata que contaba con 19 años de edad y que tenía la rodilla destrozada por una patada que había recibido en el partido ante Chile. Luego se supo que dos dirigentes argentinos habían dado la orden: “llegaron 1500 simpatizantes personales del cañoncito. No se los pued e defraudar” *.
Esos dos dirigentes (Bidegain y Larrandart)*, fueron también los que convencieron a Monti de jugar la final, con el argumento de “que nadie vaya a pensar que Monti es un flojo”. Y a la vez le exigían que no juegue “a lo Monti”, es decir, sin pegar y sin provocar una pelea*.
A las 15:00 el árbitro belga dio comienzo al encuentro. Los dirgientes de la FIFA jamás imaginaron que la pasión que despertaba el fútbol en ambas márgenes del Río de la Plata fuera tan grande y tan peligrosa. Por eso le habían pedido a los uruguayos que vendieran el 90% de la capacidad del estadio. El Cenetenario podía albergar a 100.000 espectadores que estaba separados del campo de juego sólo por una fosa. A los 12 minutos, Dorado abrió el marcador para el seleccionado local y la alegría estalló en Montevideo. Pero Argentina se adueñó del balón tras el tanto charrúa y consiguió dos goles (Puecelle y Stábile) antes de finalizar la primera etapa.
Tras el segundo gol argentino se escuchó una detonación seca proveniente de una de las tribunas. El árbitro detuvo el encuentro y corrió hacia el juez de línea quien le dijo “fue un arma, está en aquella tribuna. Yo la vi” . Y aunque los chasquidos provenientes de las tribunas se repitieron, Langenus notó que el línea Chrsitophe le estaba jugando una broma. Las detonaciones eran sólo cohetes.&
Una vez finalizada la primera parte, la mayoría de los argentinos temblaban en el vestuario. Monti directamente lloraba desconsolado. Mientras tanto, en una de las tribunas del Centenario, el agente Benetti decidió que consultaría a Roma quién sería víctima del inevitable atentado: Monti o su madre. #
Varallo se había resentido de su lesión en un choque en la primera etapa contra un rival y el equipo argentino estaba diezmado. Aunque el “cañoncito” hacía lo que podía. Pero sólo tres argentinos (Suárez, Juan Evaristo y Peucelle), jugaban el partido con todas las ganas, sin hacerse eco de las amenazas. El resto no aparecía. Llegó el empate charrúa por intemedio Cea, a los 12 minutos del tiempo suplementario. Luego llegó el gol de Iriarte, para poner a los celestes al tope del tanteador. Faltando 5 minutos, Varallo, con sus últimas fuerzas estrelló el balón en el travesaño en lo que podría haber sido el empate argentino, pero 4 minutos más tarde, el manco Castro puso el 4 a 2 definitivo. Los espías italianos sonreían. La primera parte del plan se había cumplido y nadie tuvo que morir

Al regresar a Buenos Aires, el equipo argentino sufrió todo tipo de insultos, pero el blanco preferido fue Luis Monti. Él mismo dijo “todos los argentinos me hicieron sentir una porquería, un gusano, tildándome de cobarde y echándome exclusivamente la culpa por la final perdida en Montevideo”.
Monti sentía que su carrera deportiva había terminado. Que no quedaba más nada por jugar. Pero unos días después de aquella final, recibió en su casa a dos italianos que, en su peor momento futbolístico le ofrecían el equivalente a 5.000 dólares mensuales, una casa y un auto por ir a jugar a Italia. Monti recibía el equivalente a 50 dólares por mes de San Lorenzo de Almagro y ganaba en su trabajo, en la Municipalidad de Buenos Aires.
Tras la oferta uno de los italianos agregó: “Cuando tenga su pase libre en la mano, le daremos 50.000 dólares más. Preferimos dárselos a usted que al club donde juega” #
Monti, sorprendido por la oferta, preguntó: “Pero ¿Cómo conseguiré el pase? Los dirigentes no querrán dármelo”. #
- No se preocupe (le dijo uno de los italianos), en pocos meses el fútbol será profesional en la Argentina y todos los jugadores quedarán libres y podrán jugar donde quieran…
… Dentro de poco vendrán personas más importantes que nosotros y le harán firmar un contrato con todo lo que le hemos prometido y le dirán en qué club jugará… Usted sólo cuide sus piernas. #
Unos meses después, tal como lo habían anticipado los dos sombríos italianos, el fútbol se profesionalizó en la Argentina y los jugadores quedaron libres. Monti pudo firmar el contrato con los italianos y fue a jugar a la Juventus. Los turinenses estaban contentos porque el gran jugador argentino cubriría el centro del campo, pero en Roma, un fanático de la Lazio, sabía que podía contar con uno de los mejores jugadores del mundo para ganar la Copa Mundial de 1934 con la casaca azurra.

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