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viernes, 7 de agosto de 2009

ARGENTINA´78 : CUANDO LA PELOTA SE MANCHÓ DE SANGRE




¿La fiesta de quienes?

En el mundial 78, la euforia de un país futbolero y el logro de la selección compartieron la escena con una dictadura despiadada. La legitimidad del título y la pertinencia de la celebración siguen, a veinte años, en tela de juicio. Aquí, los claroscuros de aquella historia, en la voz de sus protagonistas.

"Duele saber que fuimos un elemento de distracción para el pueblo mientras se cometían atrocidades." Osvaldo Ardiles habla desde Japón, donde dirige al equipo Shimizu S-Pulse. Su lejanía parece agrandar aún mas la distancia de aquel Mundial 78, cuyo vigésimo aniversario se cumplió hace unos meses.

La conquista, histórica, jamás podrá ser evocada, sin embargo, en tono de fiesta completa. Pocos lo saben, pero a la misma hora en que Alemania y Polonia habrían la Copa en la cancha de River, Ronnie Hellstrom, arquero de la selección sueca, se convertía en el único jugador del Mundial que prefería estar frente a la Casa Rosada, acompañando la ronda de las Madres de Plaza de Mayo, que ya entonces reclamaban por sus hijos. "Decidí hacerlo –dice hoy Hellstrom- porque era una obligación que tenía con mi conciencia".




La vuelta olímpica del Mundial 78 –la Copa más polémica de la FIFA- marcó sin dudas un hito consagratorio en la historia del fútbol argentino. Pero en pleno Mundial, a diez cuadras de la cancha de River, epicentro de la fiesta, funcionaba la ESMA, el mayor centro de torturas de la dictadura. Aquella siniestra combinación de goles y desaparecidos llevó a que el Mundial 78 fuera siempre comparado con los Juegos Olímpicos de 1936. Estos últimos transcurrieron en la Alemania nazi de Hitler. El Mundial 78, en cambio, se jugó en la Argentina de Videla. Y su marchita de tono militar no admitía indiferentes. "Veinticinco millones de argentinos –decía la canción oficial- jugaremos el Mundial"

"A distancia –señala hoy Ardiles- está claro que fuimos utilizados como propaganda por parte de los militares. Pero también hay que aclarar que nosotros, los jugadores y el cuerpo técnico que integremos aquella Selección, fuimos víctimas de esa manipulación de nuestro trabajo, o de los frutos del mismo. Hoy duele ver eso, pero también –sigue Ardiles- puede decirse que quizá servimos como bálsamo para mucha gente oprimida que pudo volver a salir a la calle envuelta en banderas argentinas. Sabíamos que lo nuestro no tenía nada que ver con lo que estaban haciendo los militares, algo que prácticamente desconocíamos. Pero de alguna manera, a los que medianamente teníamos cierta conciencia de quiénes se trataba, nos hacía sentir mal."

César Menotti sí sabía de qué se trataba. "Yo tengo una buena formación política. No soy un boludo al que se lo puede engañar fácilmente. Conozco muy bien que históricamente las Fuerzas Armadas argentinas son el grupo armado de la oligarquía desde cuando mataban a los indios. Siempre fueron el grupo armado del poder económico." El técnico de aquella selección, si embargo, señala hoy que no tiene ninguna autocrítica que hacerse por su rol en el 78.

"¿Pero viejo, ahora resulta que el Mundial lo jugaron sólo Menotti y los jugadores? ¿Y la gente que llenó las canchas, que salió a las calles? ¿Y los medios?", dicen que, más en la intimidad, se pregunta Menotti cuando alguien le reprocha un rol que, a la medida de sus críticos más feroces, llegó a valerle un libro de título perverso (El director técnico del Proceso), pero del que jamás le resultó fácil despegarse. En la concentración de Jose C. Paz se comunicaba con sus colaboradores con walkie talkie, una foto de El Gráfico lo mostraba con una pistola en su mesita de luz, su trabajo recibía el apelativo de "proceso", sus jugadores no podían ser transferidos al exterior y, cerca del Mundial, los medios oficiales recibieron una prohibición de criticarlo, aunque hasta pocos meses antes un sector de la prensa había hecho campaña para imponer a Juan Carlos Toto Lorenzo. Mimetizado con los tiempos, Menotti, quien por entonces tenía 39 años, se sintió tal vez el comandante de un momento histórico para el fútbol argentino. "Yo le decía: ‘Cesar, los militares te están usando’. Pero él me respondía que no había problemas, que los tenía controlados", contó antes de morir João Saldanha, miembro histórico del Partido Comunista Brasileño y que se alejó de la conducción técnica de la selección de su país poco antes de la gloria del Mundial de México 70, cuando allí mandaba la dictadura del general Emilio Garrastazu Médici.





LOS GOLES DE LA SOSPECHA

El mundial fue una bisagra en la historia del fútbol argentino. "Gracias a Menotti se cambió la mentalidad en el trabajo de la Selección. Por primera vez se trabajó con jugadores del interior del país. Y a partir de Menotti los
contratos de los entrenadores nacionales nunca más duraron menos de cuatro años", dice Ardiles. Aquella selección, adema’s, destrozó el mito de la superioridad física de los europeos. Y jugó todos los últimos partidos de la Copa casi con cuatro delanteros netos (Kempes, Bertoni, Luque y Ortiz o Houseman). A la preparación física y el sentido colectivo (supuesto patrimonio de los europeos), el equipo de Menotti sumó habilidad y audacia y, tras superar un inicio de nervios e irregularidad, terminó siendo merecido campeón. Pero la conquista, inevitable, parece destinada a convivir con las sospechas de las trampas de una dictadura militar que soñó montar su proyecto político a partir de una pelota de fútbol, creyendo que la fiesta de River podía ser eterna.

Las dos primeras y ajustadas victorias de 2-1 ante Hungría y Francia y la derrota 0-1 con Italia obligaron a la inesperada mudanza a Rosario. Allí, la segunda rueda comenzó con un triunfo 2-0 ante Polonia, cuya legitimidad fue cuestionada muchos años después por el propio DT rival, Jacek Gmoch, quien denunció un "arreglo", sin otras precisiones. La sombra del arreglo, en realidad, se dirigió siempre a la célebre goleada de 6-0 a Perú, que permitió eliminar a Brasil por diferencia de gol y clasificar a la final contra Holanda. "Yo digo que ese partido no fue normal, que fue raro", insiste hoy Juan Carlos Oblitas, integrante de aquella formación y DT de la actual selección peruana. "Dominamos al comienzo y hasta el segundo gol argentino el partido fue parejo, pero después nos quedamos inexplicablemente. Creo que si ese mismo partido hubiera vuelto a jugarse diez veces jamás habríamos perdido 6-0. Es más, podríamos haber ganado alguno", agrega Oblitas. "Por respeto a la gente que integraba el equipo conmigo en aqulla época -concluye el hoy DT- prefiero decir que salimos a jugar ese partido bajo presión. No voy a hacer lo mismo que Manso, que en 1979 lanzó una acusación artera."





El ex zaguero Radulfo Manso, hoy completamente distanciado del fútbol, dice a su vez que aquella explosiva denuncia de soborno que formuló en 1979, cuando jugaba en Vélez, fue "un desahogo a medias. Lo que pasó –cuenta manso- es que antes del partido con Argentina atendí un llamado telefónico en mi pieza de la concentración. La voz, que tenía acento argentino y me trataba de manera peyorativa, discriminatoria y racista, me dijo de muy mala manera que les comunicara a mis compañeros que nos pagarían 50 mil dólares a cada uno si permitíamos la clasificación de Argentino. Me dio mucho miedo, porque yo en ese momento era un muchachito y me sentí muy mal. Se lo conté a un compañero y estoy seguro de que si se lo hubiera dicho al resto, todos me habrían dicho que no aceptaban".

Brasil le había ganado 3-1 a Polonia unas horas antes y Argentina (protecciones del local) jugó por la noche sabiendo cuántos goles precisaba para ser finalista. Perú, que comenzó el juego con un tiro del delantero Muñante en un poste, terminó siendo un desastre. "Yo no me vendí", afirmó el arquero Ramón Quiroga, argentino nacionalizado peruano. Quiroga, hoy DT del Cienciano, de Cuzco, admite que aquella fue su "noche más negra"y que jamás le volvieron a marcas seis goles en otro partido. "Es probable que alguno de mis compañeros haya aceptado semejante cosa", dijo uno de los líderes de aquellas selección peruana, Héctor Chumpitaz. "Semejante cosa" significa soborna. "A mi no me consta, pero no pongo las manos en el fuego por nadie. Igual –sigue Chumpitaz- me permito ponerlo muy en duda. A ese partido llegamos con el desgaste del esfuerzo que hicimos en la primera rueda, en el que le ganamos a Escocia e Irán y empatamos con holanda. O fue casual que después perdiéramos con Polonia, Brasil y Argentina. Estoy convencido de que perdimos de manera limpia. Con mi experiencia, yo me habría dado cuenta si alguno de mis compañeros no ponía todo para ganar". Chumpitaz y Manso si dijeron, en cambio, que Perú recibió una incentivación de Brasil (5 mil dólares para cada jugador, más vacaciones en Itaparica) a cambio de impedir la clasificación argentina. "Todo el plantel estuvo al tanto de eso, pero nadie lo tomó en serio. No estábamos seguros de que pudiéramos cobrar ese dinero."


Gol de Kempes a Holanda

"Yo no estoy en condiciones de asegurar si el equipo peruano jugó dentro de sus posibilidades o no" explica Ardiles. "Eso es algo que deberán explicar los peruanos y las autoridades de AFA de aquel momento, o los miembros del EAM o los que formaban parte del gobierno de Videla." Entre las numerosas versiones que sugieren algún "arreglo" hay una que menciona un acuerdo entre las dictaduras militares de ambos países ( en Perú gobernaba el general Francisco Morales Bermúdez). La sospecha recae sobre la donación de "un crédito no reembolzable" de Argentina a Perú "para la adquisición a la Junta Nacional de Granos de cuatro mil tonelada de trigo a granel", en un marco del "convenio sobre ayuda alimentaria". El Sunday Times, de Londres, provocó un escándalo cuando abonó a esta teoría en plena disputa del Mundial 86. "Ese tipo de donaciones –reconoce hoy Juan Alemann, secretario de Hacienda en quellos años- no eran espontáneas. Se hacían sólo en caso de un terremoto, de alguna catástrofe." La única catástrofe que sufrió Perú en aquellos días fue el 6-0 de Argentina.

Aquel 21 de junio, a las 20.40, e el preciso momento en el que Leopoldo Luque marcaba el cuarto gol a Perú, estallaba una bomba en la casa de Alemann, que no sólo era funcionario, sino que, además, vivía a media cuadra de una comisaría. Alemann siempre sugirió que aquella bomba fue obra de sus críticas por los gastos del Mundial y apuntó al almirante Carlos Lacoste, vicepresidente paro hombre fuerte del Ente Autárquico Mundial 78 (EAM 78). Lacoste fue mano derecha del almirante Eduardo Messera, que le ganó una lucha interna al Ejercito y logró para la Marina el uso político y los negocios

Dudosos de un mundial que tuvo un costo récord de más de 700 millones de dólares.

Además de esa bomba a Alemann, Lacoste fue sospechado por la muerte todavía misteriosa del general Omar Actis, el primer presidente de la EAM 78, que quería hacer un Mundial más austero y que fue asesinado el 21 de agosto de 1976, dos días antes de una conferencia de prensa en la que iba a presentar su proyecto. Tras el asesinato de Actis, Lacoste hizo el Mundial a gusto de la FIFA y de sus socios comerciales.

Contó para ello el decreto 1.261 de abril del 77, que le facultó para realizar toda clase de convenio amparado "en razones de urgencia, seguridad y reserva en la difusión de sus actos".

EL OTRO PARTIDO

El mundial fue una cuestión de Estado. En silencio desde que cayó en desgracia, Lacoste, amo y señor del deporte en los tiempos de la dictadura, apenas recibió del juez Miguel Pons un reproche "ético" porque, siendo funcionario, incrementó su patrimonio en más del 400 por ciento, manejando dineros de firmas extranjeras en la City, en los tiempos de la bicicleta financiera de Jose Martínez de Hoz.

Ublado Fillol ya era un arquero formidable, Daniel Passarela "el gran capitán", Ardiles el motor del mediocamo y Mario Kempes la potencia y el gol, aunque jugaba más retrasado pues en los primeros partidos había fracasado como hombre de punta. La final fue contra Holanda. Justamente el país que, junto a Franci, encabezó la campaña para boicotear el Mundial, iniciada por organismos de derechos humanos y agrupaciones de izquierda. El argumento era sencillo "No se puede jugar un Mundial mientras a pocos metros del estadio se tortura y se mata gente", decía el periodista Francois Geze, del Comité Organizador del Boicot a la Argentina (COBA). "Pero fue gracias a los periodista que vinieron por el Mundial que tuvimos nuestros primeros grupos de apoyo" recuerda Mercedes Meronio, vicepresidenta de Madres de Plaza de Mayo. Una agrupación holandesa de solidaridad con las Madres (SAM) donó las primeras casas. Y un hogar que hoy permite vivir juntas a las Madres que van quedando sin familia lleva el nombre de Lizbeth, esposa del que por entonces era el primer ministro de Holanda, Joop den Uiyl.




"¿Pero ustedes no son argentinas?", se les preguntaba a las Madres, conocidas internacionalmente como "Las Locas de Plaza de Mayo", como las homenajeó el libro del periodista francés, Jean Pierre Bousquet. Silencio, terror, ignorancia y, en más de un caso, complicidad, se unieron para que una sociedad hipnotizada por un Mundial conviviera con el horror. "Creo que el Mundial y las Malvinas son los dos grandes traumas que aún no pudo resolver la sociedad argentina", dice hoy Anel Gilbert, periodista.

Las revistas de la Editorial Atlántida lideraban la campaña. La revista Para Ti regalaba postales a sus lectores para que las enviara a los políticos y organizaciones europeas que protestaban por las violaciones a los derechos humanos. Somos alertaba, apenas comenzado el Mundial, sobre un "subversivo" detenido que podía ganar el Premio Nobel de la Paz (Adolfo Pérez Esquivel). Y Bernardo Neustadt, mientras el periodista Julián Delgado desaparecía en pleno Mundial, alababa a Videla en Gente.

La prensa en general se sonrojaría mirando hoy aquel 78. Hata el periodismo deportivo abandonó su conservador slogan de que el deporte no debía "mezclarse" con la política. "Muñoz jamás podrá mirarme a la cara", acusó ya en democracia Hebe de Bonafini. "Va a entrar Videla a dar la Copa... el fútbol ha hecho el milagro del país... nos siguen atacando aquellos que no nos conocen", decía los relatos por Radio Rivadavia del "Gordo" José María Muñoz, un fenómeno de comunicación popular que un año más tarde, en los festejo por el Mundial juvenil del 79, promovió las celebraciones en Plaza de Mayo, donde a sólo metros se denunciaban desapariciones ante una comisión de la OEA. "Los argentinos somos derechos y humanos", se decía entonces. Tiempos en los que las crónicas confundían a Kempes con Videla. El primero pasó a la historia del fútbol como el Matador. Al segundo, la Justicia lo condenó por asesino.

Doce días antes de la final contra Holanda, la revista El Gráfico, también de la Editorial Atlántida, publicó una supuesta carta que el capitán de esa selección, Ruud Krol, envió a su hija. "...Mamá me contó que los otros días lloraste mucho porque algunos amiguitos te dijeron cosas muy feas que pasaban en la Argentina. Pero no es así. Es –decía la supuesta carta de Krol- una mentirita infantil... Esta no es la Copa del Mundo, sino la Copa de la Paz... Papá está bien. Tiene tu meñeca y un batallón de soldaditos que lo cuidan y que de sus fusiles disparan flores. Diles a tus amiguitos la verdad, Argentina es tierra de amor...". El periodista Enrique Romero, dice que la carta fue escrita por él, pero leída y autorizada por Krol. "Pero las organizaciones que luchaban en el extranjero contra la dictadura –se explica Romero- se volvieron contra Krol. El holandés, ante la avalancha de críticas, no tuvo otra opción que dar un paso al costado y negar con el codo lo que había firmado con la mano". Romero agrega que la carta sólo intentó "mostrar a los lectores la fase íntima de los holandeses", pero que fue "aprovechada para darle otra significado que el que verdaderamente tenía".

Desde Holanda, Krol hace escuchar su réplica: "No me entra en la cabeza que una persona haya hecho algo así. Fue indigno, artero y cobarde. Jamás escribí eso."

¿ Qué hubiera ocurrido si Robby Rensenbrink hubiera convertido aquel tiro que, ya sobre el final del partido, se estrelló en un poste y Holanda terminaba ganando 2-1 aquella fina? Ni la junta militar de Videla, Massera y Agosti podría haberlo impedido. Y el fútbol, más que nunca, habría sido "dinámica de lo impensado", como decía el periodeista Dante Panzeri, que se oponía al Mundial y murió poco antes de la fiesta. En la ESMA, los torturadores saludaron eufóricos a sus víctimas y a algunas de ellas hasta la sacaron en auto para que vieran los festejos callejeros. Graciela Daleo lloraba de impotencia diciéndose que no valía la pena, que nadie le prestaría atención aunque gritaara que ella era una desaparecida. "¿ Cómo no voy a comprender a la gente –se preguntó Hebe de Bonafini- si en mi propia casa, mientras yo lloraba en la cocina, mi esposo gritaba los goles frente a la televisión?".

Hellstrom, el arquero sueco que el 1 de junio había visitado a las Madres en la Plaza, cree recordar hoy que, "La gente tuvo un gran desahogo, se manifestó de manera inconsciente. Festejaban sin saber bien qué. La mayoría –afirma- creía que a los que estaban reprimiendo era a otros y no a ellos mismos". Un día después de la final, en el Hospital Militar, nacía Guido. Su madre fue fusilada des meses después. Guido es hoy uno de los 171 niños de los 230 secuestrados bajo la dictadura que sigue siendo botín de guerra. Su abuela, Estela Barnes de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, lo busca desde aquel día. Todavía mantiene la esperanza.




DÍA DE VISITA

"La presencia de Videla en nuestro vestuario fue terrible", dice hoy Juan Carlos Oblitas, uno de los líderes de la selección peruana, al recordar un episodio que pocos conocen, en los minutos previos al polémico 6-0 que clasificó a Argentina a la final. "Algunos más jóvenes, que pudieron haberse sentido intimidados, dejaron de cambiarse para escucharlo. Pero yo, que tenía más experiencia, seguí en lo mío. Seguí detrás de una pared y apenas lo oía hablar. No quería que nada interrumpiera mi concentración."

El zaguero Héctor Chumpitaz, otro histórico de la selección peruana, admite que "nos sorprendimos cuando nos dijeron que nos iba a hablar Videla. Se paró frente a nosotros y nos dio un discurso en el que llamaba a la hermandad latinoamericana y nos deseaba suerte. Yo me lo tomé como una presión, aunque después de lo que nos habían dicho los organismos de derechos humanos, Videla aparecía como un personaje que nos daba un poco de miedo".

Los militares argentinos –especialmente Massera y Galtieri, cuando la selección estuvo en Rosario- fueron también más de una vez a la concentración y a los vestuarios argentinos. Ardiles recuerda que "nos hablaban de nuestras virtudes y de que representábamos a la patria" Para Kempes, según contó una vez, los militares acercaban a los jugadores la toalla, el jabón y hasta alguna copita extra de vino en las comidas. Como si fueran los cadetes.

LOS GOLES EN LA PRISIÓN

"Todos los presos políticos, los perseguidos, los torturados y los familiares de los desaparecidos estábamos esperando que Menotti dijera algo, que tuviera un gesto solidario, pero no dijo nada. Fue doloroso y muy jodido de su parte. Él también estaba haciendo política con su silencio." Quien formula el cargo es Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz en 1980, que logró salir de la Unidad 9 de La Plata gracias a la presión internacional, el 23 de junio de 1978, dos días antes de la final. De su cautiverio recuerda el nudo de una contradicción para muchos incomprensible. "En la cárcel, como los guardias también querían escuchar los partidos, el relato radial nos llegaba por altoparlantes. Era extraño, pero en un grito de gol nos uníamos los guardias y los prisioneros. Me da la sensación de que en ese momento, por encima de la situación que vivíamos, estaba el sentimiento por Argentina.

Révista Mística de Olé

2 de Mayo de 1998

EL PARTIDO DEL GOBIERNO

Más de 500 millones de dólares pone la Argentina al servicio del Mundial 78, en un momento en que el país sufre carencia en materia de previsión, salud y educación y es fuertemente criticado por violaciones de los derechos humanos.

La Argentina fue designada para organizar el Mundial de 1978 durante la presidencia del general Lanusse. En setiembre de 1973, el gobierno peronista designó la primera comisión organizadora. El entonces poderoso ministro José López Rega interfirió activamente en todo lo relativo a esa organización y llegaría el 12 de mayo de 1974 a firmar un decreto para designar una Comisión de Apoyo al Mundial.

Ese decreto incluía una cláusula de sospechosa oportunidad, pues faltaban cuatro años para el mundial. Decía: "Exceptúanse por un plazo de 90 días a partir de la firma del presente, de las disposiciones establecidas por el decreto 5720/72, Régimen de las Contrataciones del Estado, las compras que en función de los considerandos del presente deban realizarse, autorizándose a la Comisión la concentración de compras directas, cualquiera fuera su monto".





En esa época, en medio de una lucha de intereses, se designaron las cuatro subsedes: Mar del Plata, Córdoba, Rosario y Mendoza.

Producido el golpe militar de 1976, el nuevo gobierno se mostró decidido a llevar adelante la organización del certamen, para lo cual se creó el Ente Autárquico Mundial 78 (EAM 78), para cuya presidencia se designó al general Actis, asesinado, supuestamente por la guerrilla, el 23 de agosto de

1976 sin que pudiera entrar en funciones. Se nombró, entonces, al general Merlo para reemplazarlo, pero quien habría de tener más activa participación en todo el manejo de los fondos destinados a la organización de la competencia fue el vicepresidente de la EAM, vicealmirante Carlos Lacoste, hombre del riñon del almirante Massera.

El gasto total alcanzaría a la astronómica cifra de 250 millones de dólares. Esa suma, en momento en que el país padecía graves carencias en materia de previsión, sanidad y educación, representaba un irritante privilegio para el deporte, una inclinación que generalmente han tenido los gobiernos dictatoriales.

Las graves violaciones de los derechos humanos cometidas por el gobierno militar durante la lucha contra la violencia subversiva habían trascendido al mundo entero. Y, como contrapartida, había un ferviente deseo oficial de presentar a quienes vinieran al país una imagen de orden y organización. El hecho de haberse comunicado a los medios periodísticos la prohibición de criticar al director técnico del equipo argentino, Menotti, revela el fervor que el gobierno tenía puesto no sólo en la organización del certamen, sino también en el triunfo del equipo, considerando de importancia política fundamental.

Se arreglaron, pintaron y limpiaron calles y trató de eliminarse todo lo que pudiera constituir un menoscabo para el país. De todos modos, el acontecimiento deportivo dio lugar a la renovación de fuertes críticas contra el gobierno argentino, particularmente en Europa, donde insistentemente se comentó que una de las estrellas del fútbol holandés, Johan Cruyff, anticipó su retiro del seleccionado al decidir no viajar a un país que, como el nuestro, no respetaba las libertades públicas.





UN GRITO EN LA OSCURIDAD

Para la dictadura, el mundial resultó proritario. Era un tiempo tragico y la fiesta no fue de todos.

En chile el general Augusto Pinochet consolidaba su poder con un tramposo plebiscito convocado para rechazar las presiones extranjeras. En Uruguay la dictadura funcionaba con el disfraz de un civil, el insípido Aparicio Méndez. En Brasil, Joao Figueiredo intentaba abrir a las política las puertas del régimen militar. En Paraguay Alfredo Stroessner continuaba impertérrito. En Bolivia Hugo Banzer empezaba a tambalear por una huelga de hambre de los mineros es estaño. En la Argentina, en ese 1978, las Fuerzas Armadas encaraban una fase decisiva de lo que denominaban la solución final: su eternización en el poder y la definitiva domesticación de la sociedad.

El plan tuvo un andamiaje económico que la socióloga Susana Torrado describe como una "alianza entre el estamento militar y el segmento más concentrado de la burguesía nacional y de las empresas transnacionales". Y otro político asentado a la brutal represión a cualquier conducta popular crítica.

La realización y conquista del Mundial de fútbol fue sólo uno –y el primero- de los tres objetivos centrales que persiguieron los militares argentinos en su afán por perpertuarse.

Otro quedó trunco. Los aprestos bélicos para una guerra con Chile por el Beagle, en el cierre de ese mismo año, se redujeron a eso por la mediación del Vaticano.

El tercero fue su propia lápida. El choque con Gran Bretaña por las Islas Malvinas significó la desintegración la desintegración del régimen y el retroceso histórico más dramático de las Fuerzas Armadas.

Pero todo eso vino después. El mundial 78 colmó las aspiraciones de los militares y, probablemente, sirvió también como detonador de las alocadas aventuras posteriores.

Influyó en aquel éxito político del deporte la todavía capacidad intacta de los militares para manipular los lábiles sentimientos colectivos. Hicieron creer, fugazmente, que la Argentina era víctima de una campaña perversa sobre los derechos humanos y apagaron el eco, en tal sentido, de la renuncia de Paul Breitner a las selección alemana que debía jugar en la Argentina, o del renunciamiento público de Holanda para que sus futbolistas se sumaran al boicot.

Eso también fue posible gracias a la complicidad que los factores de poder tuvieron con el régimen. Fue entonces el tiempo en que Henry Kissinger, secretario de Estado norteamericano, realizó su primera visita a la Argentina, "país que tiene un gran futuro a todo nivel", según pregonó. Fue desde el mismo riñon que alumbró la idea de que el gobierno militar invirtiera 500 mil dólares para contratar a la empresa norteamericana Burson-Masteller, con el objeto de contrarrestar la supuesta campaña antiargentina.

El régimen no supo de pudores para alcanzar sus propósitos. Agitó todo lo que pudo el fantasma del asesinato de Aldo Moro ejecutado por las Brigadas Rojas, cuyo cadáver apareció en mayo de ese año en un callejón romano, para tratar de establecer simetrías imposibles con lo que ocurría aquí.



A la hora de la verdad, el trabajo de la Comisión Nacional de Desaparecidos (CONADEP), que presidió Ernesto Sábato, resultó irrefutable: señaló que de las 9.000 desapariciones comprobadas durante la dictadura, la mayor parte ocurrió entre 1976 y 1979. También durante el Mundial.

El campeonato desnudó otro rostro trágico de la dictadura. No el que tuvo que ver con los balances secretos de la organización del torneo, sino el de las luchas sórdidas que signaron su existencia.

Especialmente entre el Ejército y la Marina, que arrojaron víctimas como el embajador Héctor Hidalgo Solá o la funcionaria de Cancillería Elena Holmberg.

La Junta Militar de Videla, Massera y Agosti había designado al general Omar Actis al frente del Ente Autárquico Mundial 78 (EAM), una tarea que debería compartir con el almirante Carlos Alberto Lacoste.

Pero Actis no llegó a asumir: el 19 de agosto de 1976 fue asesinado cuando abandonaba su casa de Wilde en un atentado adjudicado a los Montoneros pero que, con los años, los servicios de Inteligencia del Ejército sospecharon que correspondió a un comando de la ESMA.

Todas esas historias truculentas, todo el contraste entre dos realidades irreconciliables –la muerte y la euforia- fue el espejo de la época que sirvió para que monseñor Vicente Zaspe inmortalizara la existencia de una "Argentina secreta".

Esa que convirtió al Mundial 78 en la entendible fiesta de mucho, pero jamas de todo.




Numerosos libros fueron prohibidos durante la dictadura, muchos de ellos resultaron quemados en grandes pilas que juntaban las Fuerzas Armadas de libros provenientes de casas y bibliotecas. A las obras incendiadas se las consideraba material subversivo.



DATOS SIGNIFICATIVOS Y FRASES


"Duele saber que fuimos un elemento de distracción para el pueblo mientras se cometían atrocidades", dijo en una ocasión el futbolista Osvaldo Ardiles, motor de la selección argentina que ganó el Mundial hace 30 años.

"Fui usado. Lo del poder que se aprovecha del deporte es tan viejo como la humanidad", reconoció después César Menotti, entrenador del equipo.

Lejos del alborozo que supuso aquella gesta futbolística, las reflexiones de Ardiles y Menotti no hicieron otra cosa que ratificar una verdad irrefutable: el Mundial'78 será un caso paradigmático de utilización del deporte con fines políticos.

"La Junta Militar que asaltó el poder en 1976 se encontró con un 'regalo' llamado Mundial'78. En principio no supo qué hacer ya que la multinacional del fútbol demandaba gastos elevados. Finalmente lo compró porque creyó tenerlo bajo control y usarlo como escaparate de una Argentina distinta a la que se adivinaba en otras latitudes", recuerda el periodista Roberto Fernández.

El fútbol, coinciden autores de libros y artículos sobre aquel torneo, fue parte esencial de la agenda de la dictadura casi desde el día en que la cúpula militar que presidía Jorge Videla se instaló en el poder.

Tanto fue así que el 24 de marzo de 1976, cuando ocurrió el golpe de Estado, entre los comunicados plagados de supresiones de derechos emitidos por el gobierno de facto hubo uno que anunciaba la interrupción de la cadena nacional para ofrecer en directo el amistoso Polonia-Argentina.

Una de las primeras medidas del régimen fue ratificar la organización del Mundial'78, con el guiño de la FIFA. "Argentina está ahora más apta que nunca para ser la sede del torneo", afirmó su pope de entonces, el brasileño Joao Havelange.

El vicealmirante Carlos Lacoste, mano derecha del jerarca de la Armada Emilio Massera, se convirtió en el "todopoderoso" del deporte argentino durante la dictadura y el responsable de mostrar al exterior un país distinto al que el mundo comenzaba a imaginar.

Cuando los ecos de las graves violaciones a los derechos humanos cometidas por el régimen ya habían comenzado a trascender las fronteras argentinas, el gobierno se declaró víctima de una "aviesa campaña internacional", en palabras de Videla.

"Los argentinos somos derechos y humanos", rezaba un eslogan ideado por la dictadura con el perverso objetivo de ocultar las desapariciones de personas que sólo habían cometido el pecado de pensar diferente.

Después del fracaso de un intento de boicot del torneo impulsado especialmente en Holanda y Francia, fueron muchas las historias que circularon sobre jugadores que renunciaron a competir en la máxima cita del fútbol mundial por motivos políticos.

Las del holandés Johan Cruyff y el alemán Paul Breitner fueron las más sonadas, aunque en Argentina sorprendió una: Jorge Carrascosa, capitán histórico de la selección de Menotti, abandonó el equipo por "cuestiones de conciencia".

Otros, como el portero sueco Ronnie Hellstrom, se solidarizaron abiertamente con las víctimas del terrorismo de Estado y acompañaron en una de sus marchas a "las locas de la Plaza de Mayo" que desde hacía un año se atrevían a exigir información sobre el paradero de sus hijos desaparecidos.

"¡Ganamos!", cuentan que el represor Jorge "Tigre" Acosta gritó eufórico a los prisioneros de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), principal cárcel clandestina de la dictadura, punto de partida de los "vuelos de la muerte" y situada a sólo dos kilómetros del estadio donde los argentinos Mario Kempes y Daniel Bertoni acababan de sentenciar el 3-1 sobre Holanda en la final del torneo.

En su libro "La vergüenza de todos", el periodista y abogado Pablo Llonto asegura que aquel partido decisivo fue utilizado como parte de la represión, al aludir a casos de detenidos que fueron llevados por sus torturadores a celebrar en las calles la conquista deportiva.

Llonto habla de un papel "nefasto" de la prensa, que a su juicio "mintió" como pocas veces, y de una sociedad civil "que no quiso ver una realidad que le golpeaba la puerta todos los días con las marchas de las Madres de Plaza de Mayo en busca de sus hijos".

"Nos usaron para tapar las 30.000 desapariciones. Me siento engañado y asumo mi responsabilidad individual: yo era un boludo que no veía más allá de la pelota", resumió el futbolista Ricardo Villa.



jueves, 27 de noviembre de 2008

LA GUERRA DE LAS 100 HORAS , Y EL FUTBOL COMO EXCUSA...

Cuando las cosas no van bien en una relación, ya sea personal, laboral o, como en este caso, diplomática cualquier excusa es válida para encender la mecha que haga estallar un conflicto.


En 1969, en las eliminatorias para el mundial, Honduras y El Salvador debían enfrentarse en el campo de juego. Pero la situación socio-política de ambos países no era precisamente la mejor, descontando ya que fue la época de gobiernos militares que tomaban cualquier excusa para desviar la atención, esta vez se usó el Fúbol para tal causa.

¿Es posible llegar a un conflicto armado por un partido de fútbol? decir eso sería simplificar demasiado la historia, en este caso el fútbol se usó como medio para convencer a las masas y exaltar ese falso y estúpido nacionalismo, como siempre me quejo, aquí somos Argentinos solamente cuando juega la selección, especialmente cuando gana

Bueno, para que lo sepan, todos los latinos tenemos el mismo defecto, un poco de historia...




El 6 de Junio de 1969 se jugó en Honduras el primer partido, desde el principio empezó todo mal, alentados por los medios de prensa que incitaban a la violencia y apoyados por el gobierno que pretendía machacar las culpas de todo lo malo a los casi 300.000 inmigrantes (ilegales la mayoría) salvadoreños, muchos hinchas hondureños fueron a "visitar" el hotel donde se hospedaba la selección de El Salvador.

Durante toda la noche hicieron ruido, gritaron, insultaron, tiraron comida podrida y otras cosas contra el Hotel. El partido se jugó al otro día y, como era de esperar, el seleccionado de El Salvador no había podido dormir y perdió 1 a 0.

El 15 de junio se jugó la vuelta en El Salvador con un método similar pero esta vez la violencia en aumento, hubo muertos y heridos en mayor cantidad que en el partido anterior. Ganó El Salvador 3 a 0.

El 27 de junio se juega un desempate en Ciudad de México para evitar el conflicto, pero si bien el partido terminó 3 a 2 para El Salvador la cuestión no terminó aquí.

Ambos países pasaban por un mal momento, EEUU implementaba (casi por la fuerza) el mercado común centroamericano para contrarrestar el impulso revolucionario de Cuba, esto acarreaba problemas económicos en ambos países, la mano de obra Salvadoreña en Honduras fue el chivo expiatorio de todas las culpas, comenzaron las deportaciones.

El partido de futbol fue utilizado como medio de exaltación de las masas, enójense con el vecino, es su culpa que nos vaya mal, digamos, la clásica xenofobia incitada por los estados totalitarios.

Para el 14 de Julio de 1969 el ejército Salvadoreño invadió Honduras, la guerra duró tan sólo 100 horas, el 20 de Julio se negoció un alto al fuego vía la OEA (Org. Estados Americanos), las tropas se retiraron para principios de Agosto.

¿Que trajo para ambos países esta estúpida guerra? más de 35000 muertos para comenzar, si, se mataron con la excusa del partido, pero no sólo eso fue lo malo, además estos militares que dirigían ambos países se vieron impulsados políticamente y quedaron mejor ubicados que antes. Si, la gente es guiada por la banderita sin dudas, en este caso se demostró cuan fácil era hacerlo desde un partido de fútbol para justificar la expulsión de 300.000 personas de un país a otro, matar a 2000 y dejar a ambos pueblos enemistados siendo tan cercanos en su origen.

El Salvador quería su camino al atlántico y no lo logró por la fuerza, una rápida reacción Hondureña lo impidió pero al costo tan alto, para colmo, no sólo no se logró ni un centímetro de territorio si no que se perdió muchísimo más. Es que las guerras, son estúpidas SIEMPRE.

Así pues, tuvimos una guerra "del fútbol", la próxima vez que se nos incite a odiar a un hermano o vecino por un partido de fútbol recuerden este detalle de la historia y dejen de comportarse como infrahumanos, es un puto partido de fútbol, nada más.






Resultados de los encuentros

el 6 de junio de 1969 - El Salvador-Honduras 0-1 (0-0 en el descanso)
el 15 de junio de 1969 - El Salvador-Honduras 3-0 (3-0)
Un desempate hacen juego el 27 de junio de 1969 - El Salvador-Honduras 3-2 (1-2 en el descanso, 2-2 en de jornada completa), jugado en México.

Consecuencias de la guerra

La muerte de aproximadamente 35.000 personas.

La finalización de esfuerzo de integración regional conocido como Mercado Común Centroamericano (MCE), diseñado por EEUU como una contraparte económica regional a los efectos de la Revolución Socialista en Cuba.

El refuerzo del papel político de los militares en ambos países. En El Salvador, en las elecciones legislativas que siguieron, la mayoría de candidatos del Partido de Conciliación Nacional (PCN) de El Salvador, en esa fecha ejerciendo el gobierno, fueron extraídos de las filas militares, haciendo una enorme apología de su papel en el conflicto y por consiguiente resultando victoriosos en las elecciones de diputados y alcaldes de la época.

El agravamiento de la situación social en El Salvador, producto de las deportaciones desde Honduras, ya que el gobierno tuvo que facilitar a estas personas la reinserción económica que no se logró satisfacer adecuadamente. Aumenta la presión social que marca el antecedente de la guerra civil que vivirá el país centroamericano.




Dos países, una relación con "honduras" dónde el fútbol no oficio como "el salvador", sino que fue la mejor excusa para lo peor.




viernes, 31 de octubre de 2008

LA TRAGEDIA QUE EDIFICO EL MITO DEL MANCHESTER

Se cumplen 50 años del accidente de avión en Múnich que costó la vida a ocho jugadores del Manchester United y rompió aquel mítico equipo de los Busby Boys, los chicos de Matt Busby, el técnico que sobrevivió y construyó otro United que conquistó la Copa de Europa en 1968. El Manchester honra a sus héroes.

Fugaces como son los grandes equipos, aquél murió casi antes de haber nacido. En realidad, fue un sueño de Matt Busby y sus muchachos, The Busby Boys, que, sobre un campo bombardeado por los alemanes, conquistaron primero el fútbol inglés y después prometieron disputarle la supremacía europea al Real Madrid. Compartían espíritu, juventud y talento. Repartían cartas y risas en el avión que los traía de vuelta a casa tras eliminar al Estrella Roja, en Belgrado, clasificados para las semifinales de la Copa de Europa, cuando pararon a repostar en Múnich. Al tercer intento de despegue, aquel vuelo 609 de la British European Airways se estrelló contra una casa a las 15.04 del 6 de febrero de 1958.se cumplen 50 años.



El Manchester United rinde tributo esta semana a los 23 fallecidos, ocho de ellos futbolistas. Tommy Taylor, el delantero centro, de 26 años; Robert Byrne, lateral izquierdo y capitán, de 28; Geoff Bent, callado suplente, de 26; Mark Jones, mediocentro fumador de pipa, de 24; David Pegg, extremo, de 22, hijo de un minero de Yorkshire y que disfrutaba escuchando a Frank Sinatra junto a Liam Whelan, el interior de Dublín, de 22; Eddie Coleman, travieso interior derecho, de 21, y Duncan Edwards, el niño prodigio de 21, medio izquierdo, que murió desangrado 15 días después.

Les arrancaron el corazón a los Busby Boys, aunque los supervivientes mantuvieron viva la memoria hasta hoy. El más célebre, Bobby Charlton, que era apenas una promesa de 20 años, ha pasado estos días por los colegios de Manchester contando a los niños lo que significó aquella época. Los 50 fueron años de luz en Inglaterra en contraste con los oscuros 40 de la posguerra. La vida comenzaba a avanzar y a distanciarse de la cartilla de racionamiento y del mercado negro. Los más afortunados se compraban unas botas del extremo Stanley Matthews, la estrella del momento. Era el apogeo de James Dean en el cine y la música de Bill Haley con Rock around the clock. En Gran Bretaña triunfaban Tommy Steele y Frankie Lymon and The Teenagers. ¿El fútbol? Pesado y autocomplaciente, con los estadios llenos, si bien otra gran tragedia ya le había sacudido: el accidente aéreo de 1949 en el que murió todo el Torino. Ferenc Puskas dio una lección a los inventores del juego. Hasta entonces, un delantero centro era un tipo poderoso que trataba de arrasar a los defensas.

Los húngaros tuvieron una idea. Su 9, Nandor Hidegkuti, jugaba como un enlace con la media, abriendo espacios para sus compañeros de ataque, Puskas y Kocsis, e incorporándose por sorpresa al gol. Hungría ganó a Inglaterra por 3-6 en Wembley y después por 7-1 en Budapest, lo que obligó a replantearse las cosas en las islas. El Manchester United adoptó el estilo húngaro. Y el entrenador, Matt Busby (1904-1994), capitán de Escocia en su etapa de jugador, iba a impulsar lo mejor de la cantera nacional. Entre él y Stan Cullis, técnico del Wolverhampton, transformaron el fútbol inglés y lo acercaron al del resto de Europa. Su lema hizo fortuna: un jugador es lo bastante mayor siempre y cuando sea lo suficientemente bueno. En 1955-56, el Manchester ganó la Liga con un juego entusiasta, poderoso y alegre, reconocido rápidamente en todo el país. E inspiró dos apodos legendarios: The Busby Boys y The Red Devils. Cuando Busby llegó al cargo, en 1945, se encontró con excelentes futbolistas y un campo maltrecho por las secuelas de la Segunda Guerra Mundial. Busby era un hombre obsesionado con la necesidad de construir. Un purista. Le gustaba que los futbolistas se expresaran en el terreno. Tenía una mirada amplia y abierta. Quería abrir el Manchester al mundo.



De las cenizas de Múnich, Busby levantó el United a partir de tres supervivientes: Bobby Charlton, Harry Gregg y Bill Foulkes. Fichó, entre otros, a David Herd, Albert Quixhall y Dennis Law antes de descubrir, en 1964, al mayor artista norirlandés: George Best. Con ellos conquistó la Copa de Europa de 1968 al Benfica, en Wembley, el primer club inglés en lograrlo. Claro que no todo el mérito fue de Busby. Su fiel asistente, James Murphy (1910-1989), asumió los mandos mientras el primer entrenador se recuperaba de graves heridas en las piernas en un hospital de Múnich. "Estaba completamente solo y tuve que rehacer un equipo", recordó Murphy; "fue importante coger futbolistas de fuera de Old Trafford, fuera del ambiente de muerte de Manchester y de toda la emoción". Trece días después de la tragedia, el Manchester disputó la Copa inglesa contra el Sheffield en su mítico estadio. Sesenta mil espectadores crearon un ambiente electrizante. Las alineaciones contenían once espacios en blanco en vez de los nombres de los jugadores. Los hinchas corearon los de los fallecidos. El United venció por 3-0. "Me dieron pena los chicos del Sheffield", dijo Charlton; "para los aficionados sólo había un equipo, el nuestro".

Tres meses después, Busby presenció con muletas la final de la Copa perdida ante el Bolton (2-0). Todos cantaron ese día en Wembley Abide with me (Resiste junto a mí) cuando los jugadores salían del vestuario. Los chicos del United lucían un blasón en el pecho de sus camisetas, el emblema del ave Fénix renaciendo de sus cenizas. "Tras perder ante el Bolton, fue peor que nunca", evocó el defensa Foulkes; "al volver a Manchester, nos esperaban millones de personas". De los tres equipos que levantó en 25 años en el United, Busby le explicó al periodista John Roberts, autor del libro The team that wouldn't die, cuál fue su preferido: "A los más viejos les puede gustar mi primer equipo, el que ganó la Copa de 1948. Otros prefieren el que precedió a la tragedia, los Babes. Y otros, por la magia de Charlton, Best y Law, dirán que el que conquistó la Copa de Europa de 1968, aun sin el lesionado Law. El de antes de Múnich fue potencialmente el mejor que he visto. Estaba a punto de arrebatarle la corona al Madrid".



"¿Eres tú, Jimmy? ¿El partido ante los Wolves es a las tres?", susurró Duncan Edwards, echado en la cama del hospital de Múnich, al recibir la visita de James Murphy. A pesar de las heridas mortales, Edwards pensaba en jugar ante el Wolverhampton. El volante izquierdo sólo jugó en Primera cuatro años, nueve meses y seis días, convirtiéndose en el James Dean del fútbol inglés. "Era tan bueno con la derecha como con la izquierda", lo describió Bobby Charlton; "podía meter un balón a 30 metros y era sólido en la defensa y bueno en el juego aéreo. Recuerdo una anécdota: en una semifinal ante el Chelsea, Murphy nos dijo que evitáramos la dependencia de Duncan. Que éramos un equipo sobrado de talento. Al llegar 0-0 al descanso, nos gritó: 'Pasadle a Duncan'. Ganamos el partido". Edwards fue también la debilidad de Busby, que lo comparaba con Best por la tranquilidad con que se tomaban los partidos. "Nada podía pararlo ni ponerle nervioso. Y tenía una frase talismán: 'Eh, chicos, no hemos venido aquí para nada".

A los 11 años, Duncan ya jugaba con chicos de 15 en el Dudley, el conjunto de su ciudad. A esa edad se lo llevó el Manchester United y lo hizo debutar en Primera a los 16 años y 184 días frente al Cardiff City. Ganó dos Ligas consecutivas y en 1957 llegó a las semifinales de la Copa de Europa, en las que cayó ante el Madrid de Di Stéfano. Por el camino logró resultados espectaculares: un 12-0 al Anderlecht o un 5-6 en el cómputo global ante el Athletic. Se estrenó con la selección a los 18 años y 183 días, registro sólo superado por Michael Owen en el Mundial de Francia 98. Debutó en la aplastante victoria ante Escocia (7-2) y causó sensación ante la Alemania que venía de proclamarse campeona del mundo en Suiza 54. Marcó cinco goles en 18 partidos internacionales. El espíritu de Busby ha perdurado a lo largo del tiempo.

El Manchester ganaría dos Ligas, 1965 y 1967, antes de iniciar un declive que acabó con el descenso en 1974. Resurgió ya con Alex Ferguson, otro escocés, en el banquillo desde 1986. Él también apostó por la juventud y consiguió casi un milagro: dar prioridad al fútbol en un club convertido en un negocio multimillonario. Sus diablos rojos se vestirán el domingo como hace 50 años. Los números del 1 al 11, la camisa clásica roja, los pantalones blancos y las medias negras, con el cuello en forma de v en vez de la camiseta abotonada de la primera mitad de aquella década. Les espera el Manchester City en Old Trafford. Ese equipaje, que no será comercializado, es el que llevaban en Belgrado un día antes de la tragedia.

El mejor recuerdo para los inmortales Busby Boys.





jueves, 30 de octubre de 2008

EL MUNDIAL DE CHILE , EL ORGULLO DE UNA NACION


Después de dos campeonatos en Europa, la FIFA decidió que Suramérica tenía que ser la próxima sede y los candidatos eran Chile y Argentina, pero un acontecimiento extrafutbolístico estuvo a punto de arruinar la cita andina. El terremoto de Valdivia de 1960 fue un seísmo registrado el 22-5-1960, en el que murieron miles de personas y que tuvo 9,5º en la escala Ritcher. Para que todo estuviera en orden en los plazos adecuados, por primera vez en la historia se semiprivatizó el campeonato, una empresa ayudó a que todo saliera bien. Al final, fue una cuestión de orgullo nacional. Bajo el lema Porque nada tenemos, lo tenemos todo. eso resumió el espíritu de unión y el buen trabajo llevado a cabo por todo el pueblo chileno. >e.c.



LA BATALLA DE SANTIAGO

El Chile – Italia del ’62 no fue un partido cualquiera. Un ambiente muy tenso, por culpa de dos periodistas italianos, dio origen a una ensalada de patadas y al combo de Leonel Sánchez.
Por José Antonio Giordano




Leonel Sánchez lleva la pelota pegada a su pie izquierdo, escondiéndola de un jugador italiano. Se da vuelta y recibe una patada que lo hace caer, a quince metros del área. Estando en el suelo, recibe dos patadas más. El guardalíneas agita su bandera, cobrando la falta. Pero eso no basta para Leonel: recuerda las lecciones de su padre, el boxeador René Sánchez, y conecta un gancho izquierdo al mentón del italiano, quien cae desplomado al césped del Estadio Nacional.
Esta escena es quizás la más recordada de la “Batalla de Santiago”, nombre que se le da al partido entre Chile e Italia, por el mundial del ‘62. Casi nadie recuerda que otro jugador de Italia ya había sido expulsado, y que incluso debió abandonar el campo de juego escoltado por tres policías, ya que se negaba a salir.
Pero el golpe de Sánchez no fue gratis. Carlos, un Capitán del Ejército, no vio las imágenes del golpe. Pero igual cree que estuvo justificado. “A nadie le pegan porque sí”, dice. Y en eso no se equivoca.
Antes del mundial, dos periodistas italianos viajaron a Chile para saber cómo era la situación del país, en particular de Santiago. Y lo que enviaron de vuelta no fue nada bueno. El diario Il resto del Carlino se refirió a Chile como primitivo, y a Santiago como una ciudad llena de basura, un asco.
Según Sergio Livingstone, eso no gustó nada en Chile. “Hubo una malquerencia con Italia tremenda, pero los jugadores no tenían la culpa. Además, los italianos tienen su genio. Todo eso produjo un partido así de caliente”.




No sólo los futbolistas recibieron el enojo de los chilenos, a los italianos de a píe también les tocó su cuota de recriminación. Giuseppe, italiano viviendo en Chile y dueño de un Café, sufrió con el trato que recibió la gente de Chile por parte de sus compatriotas, y que luego sufriría en cancha su selección.
Compró el abono para todos los partidos del mundial. Pero la “Batalla de Santiago” fue el último que vio. “Por la pelea que hubo por culpa del periodista ese, de porquería, no fui más al estadio. Fue por rabia, Italia no merecía que la sacaran para afuera (sic)”, se lamenta.
Llegaba todas las mañanas a su Café, y ahí sus clientes los fustigaban por las palabras de su compatriotas. Pero también había quienes lo defendían.“¿Qué culpa tenía yo?”, se pregunta, mientras muestra las palmas de su mano.
El público chileno ayudó a generar la violencia. Al salir Italia a la cancha, la silbatina fue generalizada. El jugador chileno lo entendió. Y sumándole el fútbol a la italiana, un fútbol de mucho corte y mucha fuerza, el resultado fue la ensalada de patadas que se vivió ese día.

Pero el partido no fue denominado una batalla sólo por el combo de Leonel. A la expulsión con policías hay que agregarle otra por parte de la azzura. La víctima de Sánchez, el defensa Mario David, fue testigo de cómo el guardalíneas negaba el combo, por lo que fue en busca de la venganza. Un par de minutos después, se encuentra de nuevo con el delantero chileno, quien debió ser expulsado, y lo levanta de una patada que lo hace merecedor a él de la expulsión.
En total, el partido fue suspendido cuatro veces por las agresiones entre futbolistas. “Fue un partido muy muy violento, casi animal total”, dice Felipe Bianchi.

Para Sánchez, ese será un mundial difícil de olvidar: fue tercero del mundo y goleador del torneo, junto a otros jugadores, con cuatro goles cada uno. Pero Chile ’62 también hizo que el diario Inglés The Times lo situara en el sexto lugar de los futbolistas más rudos del mundo.
Chile volvió a jugar contra Italia por un mundial. Fue en Francia 1998, 36 años después de la “Batalla de Santiago”. También fue polémico, por un dudoso penal que se transformó en el empate para los italianos.
Pero no fue un partido duro. Ninguna expulsión, ningún combo. Ningún policía en la cancha. No había un ambiente previo tan caliente como el ’62. Quizás faltó alguien que pusiera las cosas en orden, alguien que dejara en claro que a Chile no se le pasa a llevar. Faltó un hijo de boxeador.

El periodista inglés David Coleman presentó el partido para sus paisanos con la siguiente afirmación: “Buenas tardes. El juego que están por presenciar es la exhibición de fútbol más estúpida, espantosa, desagradable y vergonzosa, posiblemente, en la historia de este deporte”. Para el recuerdo quedará esta pequeña “guerra”, en la que el fútbol sacó su lado más terrible y antideportivo. Demos las gracias de que en aquel mismo mundial, también pudimos disfrutar de la magia de un genio como el patizambo Garrincha, que compensó la vergüenza de aquel fatídico partido tristemente conocido como “La batalla de Santiago”…



domingo, 26 de octubre de 2008

LA TRAGEDIA DE SUPERGA


El Torino Calcio era uno de los mejores equipos del mundo en los años 40. Había ganado ya su primer Scudetto en 1929, pero tras pasar una década poco brillante durante los años 30, el entonces presidente del club, Ferrucio Novo, armó una gran plantilla con algunos fichajes importantes, entre los que destacaban Valentino Mazzola (padre del que sería gran jugador del Inter y de la selección italiana, Sandro Mazzola) y Ezio Loik, ambos procedentes del Venecia.



Así, el Torino consiguió ganar 5 Scudettos consecutivos, desde la temporada 1942-1943 hasta la 1948-1949 (las temporadas 1943-1944 y 1944-1945 no se disputaron a causa de la Segunda Guerra Mundial). El nivel de sus jugadores era de los mejores del fútbol europeo, hasta 10 de los 11 titulares de la selección italiano eran del Torino. Alcanzó tal fama que se le empezó a conocer como Grande Torino y muchos clubes importantes le contrataban para jugar amistosos.



Precisamente, el Benfica contrató al Torino para jugar un amistoso en Lisboa con motivo de la retirada del capitán del equipo luso, José Ferreira. Todos los jugadores del equipo italiano viajaron a la capital portuguesa excepto Sauro Tomà, que se perdió el partido lesionado.



Tras el partido, el avión, un Fiat G. 212 CP de Alitalia, emprendió el viaje de regreso a Turín, haciendo escala en Barcelona. Aquí se bajó de aquel avión la estrella húngara Ladislao Kubala, que estuvo invitado a aquel partido y que viajaba a Italia porque por aquel entonces jugaba en el Pro Patria italiano, pero se tuvo que apear de aquel avión debido a que su hijo enfermó y se quedó en Barcelona junto a su mujer. Aquel 4 de mayo de 1949 era un día tormentoso y con niebla en Turín. Esto hizo que el piloto no se diera cuenta de la poca altura a la que se encontraba el avión en sus últimos kilómetros antes de llegar al aeropuerto turinés de Caselle.

A las 17:05, el avión se estrellaba en uno de los muros de la basílica de Superga, que se encuentra en el monte del mismo nombre, a las afueras de Turín. Todos los que viajaban en el aparato perdieron la vida, se trataban de los dieciocho jugadores: Valerio Bacigalupo, Aldo Ballarin, Dino Ballarin, Emile Bongiorni, Eusebio Castigliano, Rubens Fadini, Guglielmo Gabetto, Ruggero Grava, Giuseppe Grezar, Ezio Loik, Virgilio Maroso, Danilo Martelli, Valentino Mazzola, Romeo Menti, Piero Operto, Franco Ossola, Mario Rigamonti y Giulio Schubert; los cinco técnicos: Arnaldo Agnisetta, Ippolito Civarelli, Egri Erbstein, Leslie Lievesley y Ottavio Corina; tres periodistas: Renato Casalbore (fundador de Tuttosport), Renato Tosatti (Gazzetta del Popolo) y Luigi Cavallero (La Stampa); y los miembros de la tripulación: Pierluigi Meroni, Antonio Pangrazi y Celestino D'Inca.

La tragedia supuso un fuerte impacto en la sociedad turinesa e italiana. Se calcula que un millón de personas acudieron a la principal plaza de Turín para despedir a los fallecidos en el accidente.

Cuando se produjo el accidente, el Torino marchaba líder en la clasificación a falta de cuatro partidos para terminar la liga y se adoptó la decisión de proclamarlo campeón, lo que suponía su quinto título consecutivo. Se vio obligado a jugar los últimos partidos de la liga con los jugadores juveniles. Lo mismo hicieron sus rivales Génova, Palermo, Sampdoria y Florentina. Se solidarizaron así con el Grande Torino.

El accidente quedó grabado durante mucho tiempo en la sociedad italiano en general, y en el fútbol italiano en particular. Tanto es así que, al año siguiente, la selección italiana viajó hasta Brasil, país en el que se disputaba el mundial, en barco.

Desde que aquel avión se estrelló en la basílica de Superga, el Torino no ha vuelto a ser el mismo. Tan solo volvió a ganar otro Scudetto, el de 1976. Su peor momento llegó en 1989 cuando descendió de la Serie A por primera vez en su historia, aunque volvió a recuperar la categoría al año siguiente. Su último título data de 1993, cuando consiguió la Coppa. Sin embargo, tan solo tres años después de aquello volvió a descender de categoría y ha pasado ocho de las últimas once temporadas en la Serie B.

La única alegría que ha tenido el antiguo Torino Calcio (llamado ahora Torino FC tras su refundación en 2005) ha sido el poder vivir el año de su centenario, 2006, en la Serie A y con su gran rival, la Juventus, en la Serie B. Sin embargo, poco queda de aquel Grande Torino de los años 40, uno de los pocos recuerdos son las ruinas del Estadio Filadelfia, situado en el barrio turinés del mismo nombre, el lugar en el que el Torino vivió sus momentos más gloriosos.



domingo, 19 de octubre de 2008

CUANDO EL CATENACCIO SALVO ONCE VIDAS

“Vencer o morir”, seguro que un escalofrío recorrió la espalda de don Vittorio Pozzo al leer las tres letras de este simple telegrama. Sería necesario contextualizar, precisando que el destinatario del mensaje, el citado Pozzo más conocido como “El viejo maestro”, ha sido uno de los seleccionadores más influyentes de la historia de la azzurra y el padre del catenaccio, el telegrama se envía unas pocas horas antes de la final del mundial de 1938 y el remitente es don Benito Andrea Mussolini máximo dirigente italiano y uno de los principales protagonistas de los desgraciados acontecimientos que asolarían Europa durante los años siguientes.

En aquel Mundial de Francia 1938 al igual que en los anteriores Juegos Olímpicos de Berlín se dirimía algo más que una competición deportiva. Dos ideas antagónicas se enfrentaban ante un continente que estremecido presentía como el ruido de la pólvora sustituiría a los vítores de las gradas. En aquella competición donde una débil selección alemana jugó con una esvástica clavada en el pecho, y reclutó hasta cinco jugadores austriacos como botín cobrado del Ansluch. Su mediocre papel provocó que Hitler avergonzado la retirara de la competición. Italia se convirtió en la única esperanza para demostrar la superioridad de las potencias del eje. Dos años antes, una pantera llamada Jesse Owens había estampado en la frente del mismo Furher la evidencia de que las razas inferiores podían destruir su ensoñación aria.

Locatelli, Andreolo, Meazza. Michele y Piola, algunos de los mejores jugadores de la selección italiana se convertían en insospechados símbolos de una contienda que destrozaría Europa apenas un año después. En un Mundial donde muchas selecciones sudamericanas ni tan siquiera participaron. Brasil recogió el testigo de Jesse Owens y con un sensacional Leónidas se plantó en semifinales donde sería vencida por Italia. La mañana siguiente los periódicos italianos titularon “’Saludamos el triunfo de la itálica inteligencia sobre la fuerza bruta de los negros”. La final les enfrentaba a Hungria, un pais bajo la órbita del demonio rojo. Rápidamente los brazos del fascio se prepararon para presentar el partido como una contienda ideológica.

Y aquí encontramos a Pozzo, “el viejo maestro”, el hombre que exigía que sus jugadores pagasen cualquier precio para conseguir una victoria. Ese hombre levantó con pavor la vista del telegrama que acababa de recibir y comprendió que aquella vez el precio que deberían pagar en caso de fracasar sería la muerte. Con estas palabras se dirigió a sus jugadores, mitad cadáveres que se encaminaban ya hacia el cadalso : “No me importa cómo, pero hoy deben ganar o destruir al adversario. Si perdemos, todos lo pasaremos muy mal”.

“El viejo maestro” abrió el guardarropa, buceó en su plantilla e inevitablemente tiró de lo que hoy es tan indisoluble a Italia como los vinos de la Toscana, la pasta o la corrupción de sus políticos. Orden y contrataque, el catenaccio. La velocidad de Piola, Ferrari y Meazza ponía ya al descanso a Italia con tres goles a uno de ventaja. Los espectadores franceses que ya presentían la inminencia de la guerra y aplaudían a los húngaros tuvieron que rendirse a la evidencia. Tras el 4-2 final Pozzo y sus jugadores se abrazaban alborozados. En esa alegría había algo más que el mero triunfo deportivo. En la grada “Il Duce” sonreía complacido.

Encaminándose hacia el túnel de vestuario el portero húngaro Szabo declaraba sonriendo: “Nunca en mi vida me he sentido más feliz después de un partido. Ante la sorpresa de todos, añadió: He salvado la vida a once seres humanos. Me han contado antes de empezar el partido que los italianos habían recibido de Mussolini un telegrama que decía : Vencer o morir” Han vencido.” Pozzo acabó sus días volviendo a su antigüa profesión de periodista, denostado y acusado de haber claudicado ante el Duce, sin embargo tras aquella final declaró “Hemos jugado para ganar la Copa, eliminando de nuestro juego todo lo que no era útil para el fin perseguido y conservando sólo un fútbol estructural”. Cuando hoy muchos desesperamos ante una Italia colgada del larguero y defendiendo con uñas y dientes el marcador intuimos algo primitivo en esas figuritas azules. Algo tan profundo y ancestral como el hombre, un miedo que escapa a los designios de la pelota y se aferra a conservar algo mucho más valioso que un resultado, la propia vida.

sábado, 18 de octubre de 2008

LAS AMENAZAS DE MUSSOLINI

La historia oficial de la final del ’30 cuenta que varios jugadores argentinos fueron amenazados de muerte por hinchas uruguayos, y que por eso habrían perdido la final. No “yendo para atrás”, sino jugando condicionados, unos por miedo, otros por lesiones.
La “guerra psiclógica” existió y afectó a varios jugadores. Pero hay otra historia más fuerte detrás de esa. Una historia que fue publicada hace 60 años en las “Memorias de un agente fascista” de Marco Scaglia.
Scaglia, según confesaría en su bibliografía, fue junto a Luciano Benetti, el “autor material” de la amenza de muerte a Luis Monti y su familia. El “autor intelectual” no era otro que Benito Mussolini.
La tarde del 30 de julio se presentaba gris y fría. Era una de esas tardes de invierno húmedas que azotaban el paisaje del Río de la Plata. Pero a miles de kilómetros, en la capital italiana, el sol comenzaba a ponerse para dar paso al fresco de la noche y frenar un poco el calor agobiante que proponía el sol del verano europeo. Antes de comenzar la final, Il Duce recibía de manos de un colaborador una carpeta con un nombre, datos y una foto. El dossier decía: “Luis Monti. Futbolista argentino. Mediocampista, eje medio. El hombre fundamental del seleccionado de su país. Campeón argentino de 1921 jugando para Huracán y en 1923, 1925 y 1927 jugando para San Lorenzo de Almagro. Campeón Sudamericano en 1927 con el seleccionado argentino y subcameón olímpico en 1928. Vive en Buenos Aires, es una persona de mal carácter, pero se hacer respetar siempre. Es un líder nato. Puede ser tentado económicamente porque gana muy poco dinero del fútbol de su país, pese a ser un ídolo deportivo”.
-Espero que nuestros hombres hayan hecho un buen trabajo señores, dijo Mussolini. ¡Y lo espero porque éste es el hombre que nos tiene que hacer ganar el Campeonato Mundial de Fútbol dentro de cuatro años! #
Scaglia y Benetti, los agentes secretos italianos, tenían como misión hacerse pasar por fanáticos uruguayos y amenazar de muerte a Luis Monti. Y a toda su familia. Pero la mayor amenaza, la más enfática, era el punto débil del recio jugador. Su madre.
Si Argentina ganaba esa final, el mediocampista de San Lorenzo de Almagro sabía que podría morir. Pero lo que es peor, sabía que podían matar a su querida madre.
En el vestuario, cuando los jugadores argentinos se estaban cambiando, notaron que algo le pasaba a Monti. Sus manos temblaban cuando se ponía las medias. Y aunque trataba de disimular la situación, su rostro marcaba una preocupación mayor que las del resto del plantel; que también habían recibido amenazas en general, en aquella guerra psicológica que habían iniciado los uruguayos. Algunos fueron más afectados que otros, pero el que peor estaba era Monti, directamente no quería jugar esa final.
Del otro lado del Río, miles de argentinos reclamaban más barcos hacia Montevideo. Nadie se quería perderse el partido que, según decían, no sólo había que ganar, sino también humillar a los uruguayos “para que el mundo sepa quién manda en fútbol”. A través de los medios y los periodistas de Buenos Aires, que dicho sea de paso, también exigían la vicotria y la daban por descontada, los jugadores albicelestes conocían la presión. Encima desde el puerto seguían llegando argentinos sin entradas, que según contó el árbitro del partido John Langenus en su libro, “Silbando por el mundo”, dormían uno sobre otro en la cubierta del barco.
Langenus había viajado a Buenos Aires luego de las semifinales y se tuvo que volver pronto porque había sido designado para arbitrar la final. Fue testigo del gentío (estimó más de 100 mil personas) que esperaba en el puerto poder abordar un barco que los lleváse a Montevideo a ver campeón a su seleccionado.
Nuevamente en el vestuario argentino, sin que nadie entendiera el por qué, el técnico del seleccionado, Francisco Olázar, incluyó entre los titulares a Francisco Varallo. Un joven delantero de Gimnasia y Esgrima la Plata que contaba con 19 años de edad y que tenía la rodilla destrozada por una patada que había recibido en el partido ante Chile. Luego se supo que dos dirigentes argentinos habían dado la orden: “llegaron 1500 simpatizantes personales del cañoncito. No se los pued e defraudar” *.
Esos dos dirigentes (Bidegain y Larrandart)*, fueron también los que convencieron a Monti de jugar la final, con el argumento de “que nadie vaya a pensar que Monti es un flojo”. Y a la vez le exigían que no juegue “a lo Monti”, es decir, sin pegar y sin provocar una pelea*.
A las 15:00 el árbitro belga dio comienzo al encuentro. Los dirgientes de la FIFA jamás imaginaron que la pasión que despertaba el fútbol en ambas márgenes del Río de la Plata fuera tan grande y tan peligrosa. Por eso le habían pedido a los uruguayos que vendieran el 90% de la capacidad del estadio. El Cenetenario podía albergar a 100.000 espectadores que estaba separados del campo de juego sólo por una fosa. A los 12 minutos, Dorado abrió el marcador para el seleccionado local y la alegría estalló en Montevideo. Pero Argentina se adueñó del balón tras el tanto charrúa y consiguió dos goles (Puecelle y Stábile) antes de finalizar la primera etapa.
Tras el segundo gol argentino se escuchó una detonación seca proveniente de una de las tribunas. El árbitro detuvo el encuentro y corrió hacia el juez de línea quien le dijo “fue un arma, está en aquella tribuna. Yo la vi” . Y aunque los chasquidos provenientes de las tribunas se repitieron, Langenus notó que el línea Chrsitophe le estaba jugando una broma. Las detonaciones eran sólo cohetes.&
Una vez finalizada la primera parte, la mayoría de los argentinos temblaban en el vestuario. Monti directamente lloraba desconsolado. Mientras tanto, en una de las tribunas del Centenario, el agente Benetti decidió que consultaría a Roma quién sería víctima del inevitable atentado: Monti o su madre. #
Varallo se había resentido de su lesión en un choque en la primera etapa contra un rival y el equipo argentino estaba diezmado. Aunque el “cañoncito” hacía lo que podía. Pero sólo tres argentinos (Suárez, Juan Evaristo y Peucelle), jugaban el partido con todas las ganas, sin hacerse eco de las amenazas. El resto no aparecía. Llegó el empate charrúa por intemedio Cea, a los 12 minutos del tiempo suplementario. Luego llegó el gol de Iriarte, para poner a los celestes al tope del tanteador. Faltando 5 minutos, Varallo, con sus últimas fuerzas estrelló el balón en el travesaño en lo que podría haber sido el empate argentino, pero 4 minutos más tarde, el manco Castro puso el 4 a 2 definitivo. Los espías italianos sonreían. La primera parte del plan se había cumplido y nadie tuvo que morir

Al regresar a Buenos Aires, el equipo argentino sufrió todo tipo de insultos, pero el blanco preferido fue Luis Monti. Él mismo dijo “todos los argentinos me hicieron sentir una porquería, un gusano, tildándome de cobarde y echándome exclusivamente la culpa por la final perdida en Montevideo”.
Monti sentía que su carrera deportiva había terminado. Que no quedaba más nada por jugar. Pero unos días después de aquella final, recibió en su casa a dos italianos que, en su peor momento futbolístico le ofrecían el equivalente a 5.000 dólares mensuales, una casa y un auto por ir a jugar a Italia. Monti recibía el equivalente a 50 dólares por mes de San Lorenzo de Almagro y ganaba en su trabajo, en la Municipalidad de Buenos Aires.
Tras la oferta uno de los italianos agregó: “Cuando tenga su pase libre en la mano, le daremos 50.000 dólares más. Preferimos dárselos a usted que al club donde juega” #
Monti, sorprendido por la oferta, preguntó: “Pero ¿Cómo conseguiré el pase? Los dirigentes no querrán dármelo”. #
- No se preocupe (le dijo uno de los italianos), en pocos meses el fútbol será profesional en la Argentina y todos los jugadores quedarán libres y podrán jugar donde quieran…
… Dentro de poco vendrán personas más importantes que nosotros y le harán firmar un contrato con todo lo que le hemos prometido y le dirán en qué club jugará… Usted sólo cuide sus piernas. #
Unos meses después, tal como lo habían anticipado los dos sombríos italianos, el fútbol se profesionalizó en la Argentina y los jugadores quedaron libres. Monti pudo firmar el contrato con los italianos y fue a jugar a la Juventus. Los turinenses estaban contentos porque el gran jugador argentino cubriría el centro del campo, pero en Roma, un fanático de la Lazio, sabía que podía contar con uno de los mejores jugadores del mundo para ganar la Copa Mundial de 1934 con la casaca azurra.